Etica y D.D.H.H.
El ser y el valor:
A pesar que en la antigüedad grecolatina existen los términos axios del griego y valeres del latín; del “valor” y “valores” no se habla hasta los siglos XVIII y XIX.
Ello se debe fundamentalmente a que se consideraba que “ser” y “valor” eran lo mismo, que el valor de algo (o sea, aquella propiedad o cualidad que lo hace estimable, merecedor, apreciable), es intrínseca y equivalente al ser mismo, inseparable de su realidad; vale en lo que es y es en lo que vale.
“Bien”, “belleza”, “justicia” se asimilan a las virtudes en Sócrates y Aristóteles o al “verdadero ser” (ideas o esencias en Platón).
La filosofía medieval habla de “lo trascendente del ser”: “uno, bueno, verdadero” inseparables entre si.
El carácter subjetivo del valor:
Hablar de valores implica separar las cualidades valiosas que poseen los seres y verlas en si mismas, con independencia de ellos.
En economía por ejemplo cuando se reconoce que el valor económico propiamente dicho, “valor de cambio” no depende de las propiedades de las cosas, sino del “tiempo de trabajo” que ellas requieren para su fabricación (A. Smith).
Es decir de la significación social, humana que ellas adquieren.
Algo similar ocurre en el ámbito filosófico de los valores en general y de los valores éticos en particular, aunque por razones distintas.
Aquí se produce un giro hacia el hombre como sujeto de valor.
Los valores son concebidos como objeto del deseo y la pasión en Hume, de la voluntad de poder en Nietzsche, de la libertad subjetiva, incondicionada y gratuita según Sartre.
Hume fue el que estableció que del “ser” no cabe derivar el “deber ser” (y por ende el valor).
No hay paso del hecho al derecho (“guillotina”).
Lo que se estima valioso es creación del sentimiento, no conocimiento racional.
Teorías objetivas del valor:
En oposición al psicologismo y subjetivismo del valor surge a partir de la fenomenología de Husserl, la “teoría de los valores” (Hartmann y Scheler).
Ella busca fundamentarlos objetivamente, pero no ya a la manera de la tradición metafísica, sino partiendo del reconocimiento de otra clase de objetos ideales que no son ni físicos, ni metafísicos, ni psicológicos, ni matemáticos o formales.
Son objetos axiológicos que tienen una existencia objetiva independiente, pero que se encarnan en “bienes” históricos concretos.
“Los valores no son sino que valen” y los sujetos no hacen más que aproximarse, más o menos, a la realización de los valores: eternos en ellos mismos y universales.
Esta teoría resulta cuestionable en tanto resurgimiento de las ideas platónicas.
Por lo tanto la búsqueda del valor en general y del valor ético en particular se encamina en otras direcciones (Moore)
Debe destacarse que los valores surgen de la comunicación inter-subjetiva, van más allá del mero sujeto, pues se constituyen como acuerdos comunitarios, de validez general sino es que universal (Habermas).
Cabría afirmar que el valor y el deber ser surgen del ser (del hombre) porque a este le falta ser, lleva en si el no ser de la potencialidad y la posibilidad, o sea, de la libertad.
Los valores y los deberes apuntan a llenar ese vacío.
El valor como encuentro de sujeto y objeto:
La vía más fértil para la comprensión de los valores lleva a admitir que los valores pueden derivar también de atributos de la realidad misma, aunque solo sean “percibidos” o “revelados” en un “despertar” humano, en una disposición o apertura del sujeto hacia el reino del valor (Ricoeur).
En este sentido el valor surge del encuentro esencial que se produce entre el hombre y la realidad, viene de dentro y de fuera del sujeto y del objeto a la vez.
No hay abismo ontológico entre el hombre y la naturaleza universal.
Los valores se nutren en los contrastes fácticos y en las propiedades reales y posibles de la realidad.
Historia y tabla de valores:
Los valores son históricos.
Esto significa que cambian en el tiempo humano pero que a la vez perviven, “permanecen cambiando” (Heráclito, Hegel).
Los valores se van generando y a la vez se van transmitiendo de generación en generación, constituyen una herencia fundamental de “caracteres adquiridos”.
Cada época dice “si o no” a los “valores heredados” y aporta hacia el futuro su propia creación.
De este modo se va consolidando una tradición, una cultura axiológica, una tabla de valores siempre “objetiva” (social) y que a la vez siempre necesita de los sujetos concretos para valer y para llevarse a la realidad.
Puede decirse que una tabla de valores de nuestro tiempo y nuestra cultura son los Derechos Humanos “universales” para la tradición moral occidental (euro céntrica), pero al mismo tiempo “universalizadles”; abiertos a otras culturas, tanto a la pluralidad interna de naciones que los han adoptado y abierto a su propio perfectible devenir, Históricos, en suma.
Valores éticos de la vida:
Se trata de aquellos valores que tienen de específico el hecho que corresponden al hombre mismo (sujeto y objeto de valor), a sus actos, sus acciones, su carácter o modo de ser y comportarse (ethos).
Los valores éticos llevan el “altruismo” en su propio centro.
La ética del presente se empeña precisamente en mostrar como el “si mismo” implica “el otro” (Ricoeur, Levinas), como así mismo, los valores de la libertad son inseparables de los de la justicia y a la inversa.
Además la ética hoy tiene que ampliar sus propios horizontes incorporando su responsabilidad hacia las generaciones futuras, hacia los seres vivos no humanos y hacia la biosfera en general.
En nuestro tiempo cobran singular importancia los “valores éticos de la vida”.
O sea la Bioética.
Estos valores tienen un sustrato objetivo y a la vez han de ser objeto de una verdadera experiencia valorativa, de una toma de conciencia radical que permita percibir a fondo y apreciar éticamente los valores de la salud, la justicia en la distribución de sus bienes, de la autonomía, integridad y dignidad de las personas.
Percibir a fondo y apreciar ética y racionalmente los valores reales de los bienes científicos y tecnológicos que ofrecen las actuales Ciencias del Hombre y de la Vida.
Los seres humanos tienen ante si el doble desafío ético y bioético de mantener vivo el patrimonio axiológico que se considere digno de pervivir y de dar vida a su propia tabla de valores.
|